Mendoza, 19 de Setiembre de 2005
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Hace un par de años, el día que el Nicolás, mi sobrino, jugó su primer partido al rugby, junto con el Ignacio, el hijo del gordo, me junté a la noche con ex compañeros míos de rugby, y en ese asado, brindé por el rugby, por la amistad, por la vida y fui inmortal.
Ayer a la noche viví una experiencia, que me hizo ser, nuevamente inmortal.
Desde que nació mi hija mayor en el 2000, todas las noches que estoy en casa a la hora de acostarse, cuento un cuento; Malena y Aída van a la cama y reclaman el cuento. Ellas los han clasificado en dos clases; “con dibujitos” o “con la boca”, ya sea que se trate de la lectura de un cuentito infantil de esos ilustrados o de una narración de alguna historia inventada (habitualmente hay una princesa Mariana que toca la guitarra y canta, un príncipe Hugo que anda en una moto blanca, etc.).
Hace un tiempo Aída me preguntó: “Papi ¿Por qué los cuentos que vos lees no tienen dibujitos?" Le expliqué que las letras dicen cosas, a veces lindas, a veces tristes, que te podés reír leyendo o emocionar mucho mucho. Desde ese momento está empeñada en leer y de a poquito algo va aprendiendo.
La pregunta de Aída sobre cuentos con ausencia de dibujitos, me llevó a bajar de internet cuentos para niños, texto puro, sin dibujos, imprimirlos en la oficina y llevarlos a casa para leerlos al anochecer. Aparentemente esto despertó algo oculto en mi hijita, o comprendió la literatura, o la vida misma, o no se que, pero algo pasó que hizo que me dijera: “Papi, quiero escribir un cuento, pero como no se escribir, te lo digo y vos lo escribís, ¿querés?”.
Cómo tenía un día complicado, le propuse dejarlo para el Domingo a la noche, que ella lo fuera pensando y que el Domingo saliéramos los dos solitos de noche a un bar, “porque se escribe mejor en los bares, hijita”.
Al otro día, Aída esperó con ansiedad que se hiciera la noche y a eso de las 20:30 partimos los dos, munidos de papel y lápiz, a un bar de la calle Colón. Pedimos una picadita, un Gancia con Campari y una Coca y empezamos.
Se llama “El oso Poly” es amigo de un caballo, un conejo y unas mariposas, son algo ecologistas, limpian el bosque y festejan en un bar comiendo una picada y brindando con gaseosas porque son chiquitos.
Cuando termine de garrapatear en la cuarta hoja, - según me dictaban - , “y zapatos con porotos, otro día te cuento otro”, tuve que mirar para otro lado y hacerme el resfriado, para no tener que explicar, que a los papás a veces se nos llenan los ojos de lágrimas cuando estamos contentos. Ella con su manita escribió AIDA con caligrafía de cuatro añitos, al final del cuento y yo le propuse un brindis sin saber que daría comienzo al siguiente diálogo.
- Hijita: Por la literatura y los escritores.
- ¿Qué es eso?
- Es la gente que escribe cuentos
- Bueno papi, por nosotros
Y chocó el vaso de Gancia con el vaso de Coca y fui inmortal.
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PD: Este es un mail que le mandé a algunos amigos antes de tener el Pozo con Fuego, para compartir el momento. El cuento "El Oso Poly" fué ilustrado por
Bernardo, en una visita a Mendoza.